Prime time

La inquisición no tardará en llegar. Todas las televisiones conectan en directo y muestran los montones de leña alrededor del poste que han colocado, justo delante de nuestro portal. Compruebo que siga en su lugar la permanente que, entre miradas de envidia, me hicieron esta mañana en la peluquería; que las niñas luzcan casi perfectas en sus vestiditos de domingo y que nadie haya emborronado la marca roja que pintaron en la puerta. Solo me falta convencer a Manolo de que se levante del sofá, se ponga su mejor traje y deje ya de llorar; que estas cosas solo pasan una vez en la vida.

Descanso eterno

Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd. Después de toda una noche el ahuecado que me había hecho en la peluquería empezaba a desmoronarse y notaba como se me agrietaba la capa de maquillaje. Ya estaba harta de debatir si se podía llevar a cabo una incineración en esas condiciones, de las charlas del párroco sobre la etimología de la palabra extremaunción, de mi jefe pidiéndome el informe y de Manolo y los niños el desayuno. Cuando por fin se cerró la tapa y los sonidos se amortiguaron me acomodé en el terciopelo rojo y,  disfrutando del silencio, me puse a esperar con los ojos cerrados.

Apenas la voz

Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer con los cuidados de Mayte y Pablito. Yo quería dejarla en la playa donde la encontramos, que no era para tenerla en una casa, pero sus heridas y ese silencio triste lograron que cediera. Los niños dicen que hoy puede salir, que tiene mejor la voz y mueve contenta la cola. La hemos sacado fuera, al camino solitario que recorre los acantilados, y se ha puesto a cantar de alegría. Ellos están entusiasmados pero a mí me preocupa la docena de barcos pesqueros y el gigantesco crucero que se encaminan a toda velocidad hacia las rocas, justo en nuestra dirección.

Señales

 

lluviadefuegoNos lamentamos, hipócritas, de no haberlo visto venir. Como esa tarde en que llegué bajo un chaparrón de pájaros muertos, mientras papá veía el fútbol, y a ella se le cortó tres veces la mayonesa. Y las mañanas que la apremiábamos para desayunar, el sol se oscurecía y las tostadas se calcinaban una y otra vez. O cuando exigíamos una camisa determinada, las telarañas cubrían la calle y la colada salía incomprensiblemente teñida de rojo. Hasta el día que encontramos la casa vacía y la nota en la nevera, y lo único que supimos hacer fue asomarnos a contemplar la lluvia de fuego que lentamente devoraba la ciudad.

 

La huida

Mysterious pistolLuego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero. Cuando lo encontraron, el frasco de la medicación estaba sin abrir sobre la mesa, el cañón de la pistola todavía humeaba en su mano derecha y la izquierda, bajo su cuerpo inerte y apenas salpicada de rojo, aferraba la nota manuscrita que certificaba su liberación.

Supervivientes

 

naufragioLa vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre. Aunque olvidásemos el frío, el sabor amargo de la sal cuando las olas inundaban el bote salvavidas y el empeño de cada uno de los cinco por achicar agua en medio de la tempestad. Aunque pudiéramos ignorar el momento en el que estuvo claro que la barca se hundía inexorablemente y relegásemos al último rincón de nuestra mente el instante mudo en que fue evidente que pesábamos demasiado. En el improbable caso de que pudiésemos olvidarlo, siempre quedará el silencio, las miradas esquivas y la carga de la infamia de los cuatro que llegamos a la playa aquella noche.

Reparaciones

Musical Instruments

Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola bastante desvencijado, pero nada que Mauricio, el carpintero, no pudiera arreglar. Luego aparecieron tubas y trombones con bastantes abolladuras y Armando, el herrero, se puso con ellos sin dudar. Después brotaron timbales y tambores con parches rajados que pasaron, a falta de manos más expertas, al taller del guarnicionero. Entre tanta actividad solo Melquíades languidecía hasta la mañana en que lo descubrió boca arriba, entre la hojarasca, con el frac manchado de barro y la batuta astillada. Se lo llevó arrastrándolo sigilosamente, antes de que se enterase el médico y no le dejara demostrar a todos su talento como taxidermista.

El retorno

La mujer que iba en el coche a mi lado guardaba silencio. El amanecer apenas iluminaba la pista serpenteante. Yo no separaba la vista de la carretera y me aferraba al volante con las manos sudorosas. Una vez más intentaba hacerla hablar rogándole que me perdonase, que había sido una mala noche, que no tenía sentido volver otra vez con lo mismo. Ella seguía atrincherada en su mutismo y por un instante la miré. Me encontré con su mirada vacía mientras me susurraba la advertencia postrera. El coche saltó al vacío, cerré los ojos y, cuando los volví a abrir, todavía no había amanecido pero yo ya había empezado a disculparme.