El crucigrama

Hasta el día en que el abuelo se vino a vivir con nosotros, el crucigrama del diario había acompañado sus desayunos junto al enorme tazón de leche caliente que le servía la abuela, y sobre el que desmigaba el pan del día anterior. Se sentaba a la mesa ya vestido, fuera o no fuera a salir a la calle, con su gorra de pana verde cubriéndole los pocos pelos blancos que le quedaban y no levantaba la cabeza hasta que la loza del fondo de la taza aparecía limpia y el crucigrama quedaba resuelto. Yo le miraba con los ojos muy abiertos durante su ritual matutino, las temporadas que pasaba con ellos, cuando mamá tenía turno de noche en el bar –papá siempre estaba de viaje –, o cuando me agarraba uno de esos catarros que me duraban medio invierno. El abuelo me sentaba sobre sus rodillas y fingía que me consultaba:

– A ver, chico –, nunca me llamaba por mi nombre, creo que porque era el mismo de mi padre – dime: Adorador de dioses paganos – o bien – ¿y esta? Persona que abusa de su autoridad.
–Deja al chaval. No ves que está malito – protestaba mi abuela continuando su trajinar, revoloteando con algún trapo por la cocina mientras esquivaba los pellizcos pícaros del abuelo, pero haciéndole gestos disimulados no fuera que aprendiese cosas que no debiera.
Yo me encogía de hombros sin saber que responder y esperaba a que rellenase las casillas vacías con aquellas mayúsculas firmes y negras

– Lalo –, le preguntaba –¿de donde salen todas esas palabras?
– Están todas aquí – y se daba unos toquecitos con el índice nudoso en la cabeza.

Así que durante mucho tiempo imaginé que esas palabras surgían de su gorra; que no había otra manera de cazar palabras que llevar el mágico gorro verde del abuelo.

Mamá dejó de trabajar cuando nació Bea, mi hermana y, aunque mi padre continuó viajando, yo dejé de pasar tanto tiempo en casa de los abuelos. Cuando les veíamos, él me cogía en brazos y me soltaba alguna definición facilona para que intentase adivinarla, agitando un caramelo de violeta como supuesta recompensa a un acierto que no solía llegar, pero que me daba de cualquier manera.

La abuela se murió la mañana de un sábado de invierno, el día que Bea cumplía tres años. Mamá había comprado unos sombreritos ridículos de cartón azul brillante –algún resto de los cotillones de nochevieja – y dejó que nos los pusiéramos nada más levantarnos aunque las visitas no llegarían hasta la merienda. Ella también se puso uno, arriesgando su permanente, mientras preparaba un bizcocho de coco en el horno. Cuando sonó el teléfono nos dijo «Este es vuestro padre, que llega más tarde». Pero no era él. Descolgó y se quedó escuchando mientras nosotros la observábamos. Apenas hizo preguntas. Nos dio la espalda intentando esconder el llanto mientras hablaba en susurros, sujetando el teléfono con los nudillos blancos. Sólo lo soltó cuando una nube blanca salía de la cocina invadiendo ya toda la casa. Cuando unas horas más tarde llegó mi padre arrastrando su maletín de viajante, con el traje arrugado y la corbata rendida, la casa ya estaba ventilada y el bizcocho en la basura. El día que murió la abuela llevábamos sombreritos de feria, la casa olía a coco y harina quemados y el abuelo se vino a vivir con nosotros.

Pero ya no volvió a ser el mismo. Desde por la mañana hasta la hora de la cena se quedaba sentado en la cocina sin apenas probar la comida, destocado, con sus pocos pelos alborotados y cada día más pequeño, menguando calladamente dentro del pijama verde-hospital. Se convirtió en un exiliado permanente entre los azulejos blancos, confinado en el mutismo más absoluto. A veces cerraba los ojos y apenas se le notaba respirar y Bea, preocupada, me preguntaba bajito «¿Tu crees que el lalo se ha muerto?».
Durante los meses siguientes mamá luchó incansable contra la deriva de la mente y el cuerpo del abuelo. Junto con el tazón de leche le ponía un crucigrama y le insistía «Venga papá, si esto te encanta», y le leía las definiciones del mismo crucigrama un día tras otro. Bea y yo acabamos por sabérnoslas de memoria y a veces, mientras mi madre las repetía, nosotros la acompañábamos cantándolas como una tabla de multiplicar palabras: «Uno horizontal, siete letras…». Diez por diez casillas que permanecieron invariablemente vacías hasta que mamá acabó por rendirse y se conformaba con que se tomara la mitad del tazón de leche limpia, sin pan ni palabras.

El primer día de vacaciones de aquel año mamá me despertó abriendo las ventanas, dejando que el resplandor del verano recién estrenado se abalanzara implacable en mi habitación, al grito de «¡Arriba perezoso, que tengo que ventilar!» y confirmando que su política de hechos consumados me perseguiría durante las siguientes doce semanas. Intenté resistirme, remolón, durante un buen rato mientras ella aireaba, barría y terminaba de recoger la casa, pero al final, seducido por la promesa de un chocolate recién hecho la seguí somnoliento hasta la puerta de la cocina. Nos paramos en la entrada y mamá soltó un gritito de sorpresa: el abuelo seguía sentado con su pijama, pero nos miraba con una sonrisa brillante y sobre su cabeza, superpuesta y ladeada hasta casi taparle el ojo izquierdo, tenía su vieja gorra verde y Bea saltaba a su alrededor. «¡Se la he puesto yo, se la he puesto yo!», gritaba orgullosa mientras nosotros mirábamos boquiabiertos el montoncito de migas, y debajo, dibujadas con un rotulador negro sobre el hule blanco, las filas y columnas rellenas de las palabras cuyos significados habían sido nuestra letanía durante tantas mañanas.

Lluvia roja

Colgó el teléfono y se sentó a esperar su llegada frente a la televisión encendida, en el borde de la única silla que permanecía en pie. Mientras se balanceaba peligrosamente adelante y atrás, intentó aferrarse al último hilo de cordura, enredándose en el concierto que agonizaba en la pantalla. Sus manos, medio cubiertas por las mangas de la camisa liberada de los gemelos, tamborileaban incontrolables sobre la mesa donde aún permanecían los restos del naufragio de la noche anterior: las dos copas volcadas, los platitos con los pipos secos de las uvas y la botella de champán sin acabar.
La lluvia empezó a caer casi al mismo tiempo que en Viena la orquesta atacaba la marcha Radetzky. Al principio fue como una ducha fina, apenas un chirimiri arcilloso, pero pronto se convirtió en un aguacero de un rojo intenso que le obligó a abandonar el concierto y salir para contemplar aquel espectáculo. Se quedó tembloroso bajo el dintel de la puerta viendo como el agua teñía los robles pelados y corría, espesa y carmesí, por el sendero de grava que se perdía, ladera abajo, hasta la carretera comarcal. Otra vez se mordió el labio con rabia, reabriendo la herida apenas cicatrizada y disfrutando del sabor metálico que invadía su boca, al recordar, todavía con rencor, que la decisión de comprar aquella cabaña perdida había sido, como casi todo, de Mildred. Miró de soslayo a la puerta entreabierta de la cocina donde, por una vez, estaba callada. Hacía mucho tiempo que no soportaba su verborrea imparable ni sus patéticos intentos de “rescatarle de él mismo”, como ella solía decir. Él, en cambio, no quería ser rescatado. Casi siempre solía sentirse cómodo entre las voces que en ocasiones le consolaban y en otras le empujaban a tomar decisiones que, de otro modo, nunca se hubiera atrevido a adoptar; voces que le mostraban una realidad que los demás no podían ver y que, solo algunas veces, le provocaban terribles jaquecas cuando formaban un griterío incontenible. Pero en ese momento Mildred y las voces guardaban silencio. Cerró la puerta entre escalofríos y se remetió la camisa blanca que ahora estaba jaspeada de escarlata.
Volvió a abandonarse frente a la televisión, donde un teatro, abarrotado de idiotas sonrientes, palmoteaba al ritmo de la música que casi no podía escuchar. La lluvia se había convertido en una violenta tromba de cuajarones que reventaban con estruendo contra el tejado y los cristales de las ventanas. Con las manos temblorosas se frotó las mejillas, raspándose con la barba que empezaba a crecer, ocultando los arañazos que las cruzaban, y subió el volumen al máximo en un vano intento de silenciar el estrépito de fuera y el que empezaba a brotar, otra vez, dentro de su cabeza. Fue al aparecer la voz de Mildred cuando giró el cuello violentamente hacia la cocina, para confirmar que ella seguía sin poder hablar: su cuerpo yacía boca abajo, en medio de la marea roja, con el cuchillo como un mástil brillante surgiendo de su espalda. Despacio, sin intentar controlar ya el fragor de su cerebro, salió al exterior, al encuentro de las luces que, subiendo a toda velocidad, ululaban azules por el sendero, abriéndose paso entre la lluvia clara.