Recuerdo I

A mi espalda las montañas peladas del Atlas. En el cielo, el sol es una bola blanca que se deja mirar de igual a igual velado por la calima. Solo escucho el viento ardiente sobre el pedregal y algún reptil invisible buscando refugio entre los escasos matojos resecos. Cierrro los ojos y durante unos instantes yo también soy desierto.

La operación

Me palpo la cabeza vendada y devuelvo sonrisas a todos los que se arremolinan alrededor de la cama. Los doctores, la familia, los amigos, todos insisten en que mis temores eran infundados, que soy el mismo que era ayer, que soy el mismo que seré mañana. Cuando me dejan solo me pregunto que habrá hecho esa gente con todas las personas que conocía.

Inicio

Diría que este blog ha surgido por accidente si no fuese porque Freud decía que no existen, al menos los de este tipo, así que lo consideraré un “acto fallido”. Lo cierto es que casi se ha abierto solo, si bien ayudado por mi inexperiencia y mi curiosidad por ver como se hacían este tipo de bitácoras virtuales: era demasiado tentador ver esa pestaña en la esquina superior derecha que decía “CREAR UN BLOG” y no pude resistirme a entrar, pero me imaginaba que llegado el momento, después del diseño, te preguntaría algo así como “¿Quiere abrirlo ahora?”, e incluso insistiría “Cuando pulse SÍ abrirá irremediablemente un blog. ¿De verdad desea continuar?”. Por eso me sorprendí cuando apareció en la pantalla del ordenador y no servía de nada dar un paso atrás, pulsar ctrl z ni ninguna otra artimaña: había creado un blog. Después descubrí que se podía borrar (como veis mis conocimientos del tema rozan la excelencia), pero me pregunté, parafraseando el tentador anuncio nocturno de un conocido elongador genital, “¿y por qué no?”.
Así que aquí estamos: ahora no solo tengo un folio en blanco sino también una pantalla en blanco (aunque parezca que el fondo es negro en realidad es un blanco muy oscuro). Al menos espero que se empujen mutuamente a llenarse de palabras.

Cuentan que contaban que, en los orígenes, los dioses encargaron a un tal Prometeo y a su hermano la distribución de virtudes y facultades entre todos los seres de la creación. Ocurrió que cuando acabaron la repartición se dieron cuenta de que no quedaba nada para el ser humano, pequeño, desnudo y débil frente a la naturaleza; y fue entonces cuando Prometeo, jugándose los higadillos, se decidió a robarle el fuego a los propios dioses y, escondido en una planta, se lo entregó al hombre.
Quizás por eso quiero escribir, porque quiero descubrir el fuego que nos hace diferentes; que nos hace, que me hace humano. Porque a mi pesar, descreído, escéptico y pesimista, probablemente todavía busco razones para la esperanza entre mis semejantes, la belleza de la creación que ilumina las miradas de la gente; esas llamas que encendieron otros y que tantas veces han acompañado a este espíritu oscuro llevándome en su día por selvas y planetas desconocidos, por campos luminosos o por callejones tenebrosos. Por fantasías que eran para mí más veraces que la realidad, desde aquellas meriendas con pasteles de jengibre que devoraban “Los cinco” (y eso que entonces ni siquiera sabía lo que era el jengibre) hasta los monstruos de Lovecraft que muchas veces me acompañaron sentados al pie de mi cama, mientras los recreaba a escondidas leyéndolos con una linterna bajo las sábanas. La magia entre las hojas de un libro.
Y el desafío por descifrar si también puedo ser mago; si seré capaz de abrir una ventana desde dentro y dejar salir por ella lo que pudiera haber en mi interior, si hay algo en mi interior; si podré cazar historias y compartirlas para aferrarme a lo que soy siendo otros, echar un ancla en la tormenta de los tiempos difíciles para no desaparecer devorado por la rutina voraz y el griterío de la multitud.
Ya sé que la luz y el calor de esa hoguera no nos pueden salvar a todos; que no redime a la humanidad de sus odios e injusticias, y que incluso muchos han sido devorados por sus insaciables llamas creadoras. Pero necesito creer que al menos es un punto de apoyo para el futuro, y más ahora que seguramente se aproximan tiempos de oscuridad, si no para incendiar el mundo al menos para sentarse alrededor y protegerse del frío que nos rodea.
Hay muchas cosas buenas de este año de escritura que se termina, pero la mejor de todas es haber descubierto el fuego de los dioses en vuestros escritos y en vuestras miradas. No dejéis que se apague y, sobre todo, gracias por la esperanza.