Hermanas


La mujer de la foto sonreía en la última imagen del álbum. En las primeras aparecía de niña, con sus tres hermanas mayores tirándole de unas coletas pizpiretas, o pintándole la cara con chocolate mientras ella hacía pucheros. Después venían las fotos de juventud: tres damitas elegantes y una adolescente desastrada que las observaba con gesto torcido. En las siguientes, según pasaban los años, ella aparecía seria, como agazapada, y siempre aparte del grupo de tres, luego de dos y en la penúltima, detrás de la última hermana enlutada y madura. En la última estabas sola, sonreías y tu mirada triunfal ponía los pelos de punta.

La reliquia

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared no nos abandonaron las desgracias. La urna la había traído tía Flora de uno de sus viajes religiosos, y a través de su lado de cristal se veía una falange incorrupta. Cuando padre se sintió incapaz de soportar semejantes vistas mientras cenaba chupeteando los huesos de conejo, la guardó en el zaguán contra la opinión de madre. Tuvieron que romperse siete platos, la cadera de la abuela y arruinarse media cosecha antes que padre me mandara volver a colocar la reliquia. Jamás hubiese encontrado valor para traducirles las tres palabras inglesas que, grabadas por debajo, acreditaban su indudable origen japonés.