Hospital

Desde el fondo de la habitación del hospital, ya en la penumbra del atardecer, veo pasear por el pasillo iluminado a los pacientes uniformados de azul celeste. Figuras lentas, encorvadas, empujando con el mismo paso cansino el mismo árbol del que cuelgan las mismas bolsas de suero y medicación. No hablan, ni hacen ruido. Arrastran los pies y tardan una eternidad en pasar por delante del umbral. Alguno se para en la entrada de la habitación oscura, y echa un vistazo sin brillo antes de seguir con su monótono peregrinar. Yo me encojo un poco más en el sillón de las visitas y bajo los ojos haciendo como que leo un libro de Benedetti. Me está costando terminarlo.

El don de la oportunidad

Papá solía morirse dos veces al día, en cualquier momento y sin avisar. Los de la funeraria, hartos de subir y bajar el ataúd vacío los cuatro pisos cada dos por tres, terminaron abandonándolo apoyado en una pared del descansillo. A nosotros nos dejaban puesto el traje de luto día y noche por si acaso y los vecinos, en vez de saludar, nos daban el pésame cada vez que nos los cruzábamos por la escalera. Hasta la segunda vez de ese domingo que se murió interrumpiendo la partida de cinquillo que mamá, excepcionalmente, ganaba a sus amigas y harta decidió: “¡No aguanto más! Mañana mismo le incineramos”.