La mujer del predicador

Al diablo le gusta jugar los domingos, durante el oficio de la tarde. Comienza susurrándole palabras ardientes hasta que su aliento feroz le ruboriza las orejas por debajo del sombrero. Al empezar los salmos siente como unas pequeñas uñas afiladas resbalan espalda abajo mientras ella canta estremecida. Esquiva las enaguas, recorre sus nalgas pálidas con mordisquitos traviesos y cuando desliza por sus ingles una fina lengua rugosa, ella cierra los ojos y acaba con un sol sostenido interminable. Mientras todavía arrebolada se seca discreta la frente, escucha con desconsuelo como la voz atronadora de su marido anuncia la inminente derrota del maligno.