Berlín revisitado

Se durmió soñando que él también podía volar. Solo le ocurría los días que los creía ver. A veces eran solo una visión fugaz sobre las azoteas, paseando entre las antenas de los tejados, otras apenas una inesperada ráfaga de aire gélido en los pasillos de la biblioteca. Esos días llegaba a casa con la respiración agitada y la mirada perdida, hundía la cabeza en el almohadón de plumas y soñaba con sobrevolar la ciudad. Cuando se despertaba, para aliviar el escozor, su mujer le extendía con suavidad la crema calmante sobre los dos pequeños muñones, apenas unas cicatrices paralelas, que aún tenía debajo de los omoplatos.