El retorno

La mujer que iba en el coche a mi lado guardaba silencio. El amanecer apenas iluminaba la pista serpenteante. Yo no separaba la vista de la carretera y me aferraba al volante con las manos sudorosas. Una vez más intentaba hacerla hablar rogándole que me perdonase, que había sido una mala noche, que no tenía sentido volver otra vez con lo mismo. Ella seguía atrincherada en su mutismo y por un instante la miré. Me encontré con su mirada vacía mientras me susurraba la advertencia postrera. El coche saltó al vacío, cerré los ojos y, cuando los volví a abrir, todavía no había amanecido pero yo ya había empezado a disculparme.