Supervivientes

 

naufragioLa vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre. Aunque olvidásemos el frío, el sabor amargo de la sal cuando las olas inundaban el bote salvavidas y el empeño de cada uno de los cinco por achicar agua en medio de la tempestad. Aunque pudiéramos ignorar el momento en el que estuvo claro que la barca se hundía inexorablemente y relegásemos al último rincón de nuestra mente el instante mudo en que fue evidente que pesábamos demasiado. En el improbable caso de que pudiésemos olvidarlo, siempre quedará el silencio, las miradas esquivas y la carga de la infamia de los cuatro que llegamos a la playa aquella noche.