Berlín revisitado

Se durmió soñando que él también podía volar. Solo le ocurría los días que los creía ver. A veces eran solo una visión fugaz sobre las azoteas, paseando entre las antenas de los tejados, otras apenas una inesperada ráfaga de aire gélido en los pasillos de la biblioteca. Esos días llegaba a casa con la respiración agitada y la mirada perdida, hundía la cabeza en el almohadón de plumas y soñaba con sobrevolar la ciudad. Cuando se despertaba, para aliviar el escozor, su mujer le extendía con suavidad la crema calmante sobre los dos pequeños muñones, apenas unas cicatrices paralelas, que aún tenía debajo de los omoplatos.

Vuelta a casa


Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión, arrancando reflejos metálicos del cuadro de mandos. El mar aparecía debajo, entre los claros, con distintos azules iridiscentes, y las sombras de los cúmulos parecían bailar alegres sobre su superficie. En la cabina los doce tripulantes guardaban silencio mientras escuchaban un aria que amortiguaba el batir de los cuatro motores.

El comandante conectó el piloto automático y sacó de la cartera la fotografía de sus hijos. Se los imaginó en el jardín de su casa, sentados en sus rodillas, tratando de explicarles la extraña belleza del gigantesco hongo gris que habían dejado creciendo a sus espaldas.

Tirana blanca

—¡Calla y arregla de una vez la cisterna del váter, que gotea! — le grita a Sabio mientras fuma repantingada con los pies llenos de barro sobre la mesa. Mudito le recoge la ceniza sin atreverse a mirar su rostro pálido y Dormilón, entre cabezadas, friega el suelo de toda la cabaña. Gruñón está castigado en el sótano con los grilletes puestos por lo menos para una semana y solo Feliz se permite alguna sonrisa sibilina porque él sabe que, en algún momento de esa tarde, Mocoso va a aparecer disfrazado de vendedora de manzanas.

Metamorfosis rebelde


-Déjala a ella que sea pájaro; seguro que solo es una etapa.

-¡No puede ser! ¿No ves que somos el hazmerreír? Anoche, sin ir más lejos, salió con todas esas plumas de colores, trinando y pavoneándose delante de todos.

-Si es lo que le gusta…

-¡Pero es que nosotros siempre hemos sido de gestos discretos y negro riguroso! Si hasta se para delante de todos los espejos, que tú ya me dirás.

-Mientras vuelva a su hora a mí no me importa

-¿Sí? Pues a ver como la convences de que no acabe yendo a que le arranque los colmillos cualquier dentista de guardia.

INVISIBLES

Los lunes me gusta fingir que estoy vivo. Me subo en el metro ajeno a los olores y apreturas. Espero en la cola del paro sin importarme como me ignoran los funcionarios gélidos. Después me uno a las cañas de mis antiguos compañeros de trabajo. Como nunca he sido futbolero tampoco reclaman mucho mi opinión sobre la jornada del domingo. Cuando llego a casa por la noche, ella continúa con la cena haciendo como si yo no estuviera. No me engaña. Se le da muy bien, pero tengo la certeza de que ella también está fingiendo.

JUGUETES

Y castiga sin postre al gigante verde después del té de mentirijillas. Además le amenaza seriamente con meterlo en el baúl de los juguetes desterrados, junto con la bruja Pasmina, que tiene los brazos y la cara mordisqueados desde la misteriosa desaparición del hámster de su hermano, y con David, el gnomo chamuscado después del incendio de la casa de muñecas de su vecina Clara. Le explica, con el ceño fruncido, que no puede volver a coger las tijeras de la cocina ni esconderse más bajo las sábanas de la cuna rosa, sobre todo ahora que mamá va a volver del hospital con la nueva hermanita.

La mujer del predicador

Al diablo le gusta jugar los domingos, durante el oficio de la tarde. Comienza susurrándole palabras ardientes hasta que su aliento feroz le ruboriza las orejas por debajo del sombrero. Al empezar los salmos siente como unas pequeñas uñas afiladas resbalan espalda abajo mientras ella canta estremecida. Esquiva las enaguas, recorre sus nalgas pálidas con mordisquitos traviesos y cuando desliza por sus ingles una fina lengua rugosa, ella cierra los ojos y acaba con un sol sostenido interminable. Mientras todavía arrebolada se seca discreta la frente, escucha con desconsuelo como la voz atronadora de su marido anuncia la inminente derrota del maligno.

Inquietud profesional

Son las doce horas, un minuto y quince segundos cuando sale del portal. Se despide con la mano de la rubia del tercero. Enciende un cigarrillo bajo la luz de una farola. Apago el mío pisándolo en la acera húmeda y compruebo el silenciador y la recámara.
Se sube las solapas del abrigo y yo le imito mientras le sigo, cada vez más cerca, hasta el callejón que atraviesa todas las noches de los jueves.

Se detiene cuando siente el cañón en la nuca y le pregunto lo mismo que a todos:

-¿Sabes por qué?

-Ni idea – contesta tembloroso.

-Lástima; a mí tampoco me lo dicen nunca.

EL CIELO SOBRE NOSOTROS

-¿Y cuándo será el incendio? ¿Antes del terremoto?
-Después, novato; los incendios son siempre después de los terremotos.

-Y entonces es cuando bajamos nosotros.

-¡Nooo! Hay que esperar a que pase la ola gigante ¿No te sabes el Protocolo de Desastres Naturales Concatenados?

-Es que me perdí unas clases cuando me partí el ala derecha.

-¡Virgen Santísima! Cada vez os mandan menos preparados. Presta atención: terremoto, incendio, tsunami y bajamos a recolectar a toda velocidad. No suelen quedar muchos que traer. Cuando llegamos, a la mayoría se los han llevado los de debajo.

-Pero eso solo es por que ellos están mucho más cerca, ¿verdad?

Lista de espera

Todos apretujados en aquel enorme congelador comenzaron a quejarse, casi al unísono, cuando metieron a otro:

    No hay derecho, traen a cuatro por cada uno que se llevan ¿No ven que ya no cabemos?

     La rubia del atropello, la que entró el lunes pasado, dice que es por la huelga

     Sí, ya sé quién me dice. Menuda fresca, desde que llegó no se separa del ahorcado ¿Una huelga de qué? ¿De necropsias caídas?

     Mire, yo lo que quiero es que me toque cuanto antes: es la tercera vez que pierdo el pulgar con la etiqueta y, como esto dure mucho, me veo en una fosa común.