Durmientes

Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura, despertó y la miró sorprendido.

-¿No me recuerdas? Del bosque, hace unos días.

El chico negó débilmente con la cabeza: los tubos que salían de su garganta y nariz no le permitían muchos aspavientos.

-Que sí, hombre. Luego me pinché con la rueca y me dormí y tú me besaste y…

El chico abrió mucho los ojos y echó una mirada suplicante al doctor que esperaba en la puerta.

-Nada, este tampoco es- musitó la muchacha alicaída mientras salía de la habitación

-No desesperes -la animó el médico-. Solo en esta planta todavía tenemos a otros catorce en coma irreversible.

¿Y comieron perdices?

Ella sabrá lo que hace, pero su obsesión me desencanta día a día. Paso por que solo se compre zapatitos de cristal y pierda uno cada vez que sale de juerga con sus amigas. Soporto que, desde hace meses, comamos manzanas rojas para desayunar, comer y cenar. Incluso me he acostumbrado a esquivar el armatoste de rueca que ha plantado en la entradita del apartamento. Pero como vuelva a encontrarme otro sapo repugnante al abrir el armario del baño, desempolvo el gorro de plumas, desato al corcel blanco del garaje y me vuelvo a vivir al castillo de mis padres.

Mini relatos negros

Como cada mañana se puso el alma recién limpia y almidonada y salió hacia su trabajo. Esa misma tarde tenía tres ejecuciones.

…………………..

Medio dormido imaginé tus tacones, sospeché tu sombra, olí tu perfume. El disparo no pude oírlo. Preferí seguir durmiendo.

……………………

Siempre venía a mis clases por las tardes. Ayer me dijo que no volvería. Hoy la eché de menos. El entierro será mañana.

Colorimetría prenatal

– Totalmente azul, le repito que no cabe ninguna duda: la cromoecografía no falla nunca.

– Pero doctor, no puede ser. Ya tenemos su cuarto pintado de rosa palo y mis padres nos han regalado la cunita de un precioso naranja desvaído. ¡El azul no nos pega nada! ¿No hay algo que se pueda hacer? Hasta me conformaría con un verde pistacho.

– Me temo que no. Con unas transfusiones masivas de decolorante llegaríamos todo lo más a un violeta tierno.

– ¡Ay, Dios mío! A mi suegra, cuando se entere, le va a dar un ataque de rojo furia.

DEFLACIÓN ESPIRITUAL

Se vende alma en buen estado, con pocos pecados y ningún remordimiento. Para entrar a poseer: no necesita reformas y está libre de cargas y culpas. Sangre de la firma y gastos notariales a cargo del comprador. Se admite pago en metálico o en especie. Urge por próxima transmigración.

Hospital

Desde el fondo de la habitación del hospital, ya en la penumbra del atardecer, veo pasear por el pasillo iluminado a los pacientes uniformados de azul celeste. Figuras lentas, encorvadas, empujando con el mismo paso cansino el mismo árbol del que cuelgan las mismas bolsas de suero y medicación. No hablan, ni hacen ruido. Arrastran los pies y tardan una eternidad en pasar por delante del umbral. Alguno se para en la entrada de la habitación oscura, y echa un vistazo sin brillo antes de seguir con su monótono peregrinar. Yo me encojo un poco más en el sillón de las visitas y bajo los ojos haciendo como que leo un libro de Benedetti. Me está costando terminarlo.

El don de la oportunidad

Papá solía morirse dos veces al día, en cualquier momento y sin avisar. Los de la funeraria, hartos de subir y bajar el ataúd vacío los cuatro pisos cada dos por tres, terminaron abandonándolo apoyado en una pared del descansillo. A nosotros nos dejaban puesto el traje de luto día y noche por si acaso y los vecinos, en vez de saludar, nos daban el pésame cada vez que nos los cruzábamos por la escalera. Hasta la segunda vez de ese domingo que se murió interrumpiendo la partida de cinquillo que mamá, excepcionalmente, ganaba a sus amigas y harta decidió: “¡No aguanto más! Mañana mismo le incineramos”.

Hermanas


La mujer de la foto sonreía en la última imagen del álbum. En las primeras aparecía de niña, con sus tres hermanas mayores tirándole de unas coletas pizpiretas, o pintándole la cara con chocolate mientras ella hacía pucheros. Después venían las fotos de juventud: tres damitas elegantes y una adolescente desastrada que las observaba con gesto torcido. En las siguientes, según pasaban los años, ella aparecía seria, como agazapada, y siempre aparte del grupo de tres, luego de dos y en la penúltima, detrás de la última hermana enlutada y madura. En la última estabas sola, sonreías y tu mirada triunfal ponía los pelos de punta.