Amnesia histórica

Lo más probable es que mi aversión a los ritos funerarios no sea más que un modo disimulado de esquivar todo lo relacionado con la muerte. Y que el rechazo que siento hacia entierros, funerales y engalanadas visitas familiares a los cementerios en fechas señaladas, no sea resultado, como estoy creído, de una mera reflexión intelectual, sino otro modo del miedo atávico a dejar de ser, o a que desaparezcan las personas que te rodean. Es probable.
De cualquier manera no pienso apuntarme a ningún culto necrofílico. No puedo sentir ningún cariño por lo que reposa bajo una lápida, o en un nicho, o por unas cenizas que de ningún modo se me asemejan, ni tan siquiera simbólicamente, a la persona que fueron.
Prefiero seguir pensando que lo que de verdad queda importante de los que se van es su recuerdo en los que viven y sus historias, a veces pequeñas y otras inmensas aunque sean anónimas, y que cuando estas se pierden porque no pudieron ser contadas es como condenarles a una segunda muerte.
La fotografía la encontró mi padre, junto con otras de más o menos la misma época, revolviendo papeles antiguos; una instantánea de lo que fueron mis familiares en un tiempo antes de la llegada de otros tiempos peores. Un puñado de rostros confiados, alegres, siniestros en algún caso, en los que intento reconocerme sin demasiado éxito, y que ahora son solo polvo. Entre ellos nada más que identificó a mis abuelos paternos, aunque conocí a algun otro entre los presentes, y ahora, quizás sean cosas de la edad, me pregunto por su historia. Pero ya casi no queda nada, principalmente porque guardaron silencio sobre demasiadas cosas, probablemente intentando olvidar el alivio que sintió mi abuelo al esquivar la pena de muerte por los pelos, o quizás por no acrecentar innecesariamente las angustias de sus hijos explicándoles sus sensaciones en los años de cárcel –no queda ningún rastro de ese tiempo salvo una lista de sus alumnos de francés –, y los de deportación. Solo silencio e historias muertas, y eso no hay ya ley que lo repare.

Recuerdo I

A mi espalda las montañas peladas del Atlas. En el cielo, el sol es una bola blanca que se deja mirar de igual a igual velado por la calima. Solo escucho el viento ardiente sobre el pedregal y algún reptil invisible buscando refugio entre los escasos matojos resecos. Cierrro los ojos y durante unos instantes yo también soy desierto.

La operación

Me palpo la cabeza vendada y devuelvo sonrisas a todos los que se arremolinan alrededor de la cama. Los doctores, la familia, los amigos, todos insisten en que mis temores eran infundados, que soy el mismo que era ayer, que soy el mismo que seré mañana. Cuando me dejan solo me pregunto que habrá hecho esa gente con todas las personas que conocía.

Inicio

Diría que este blog ha surgido por accidente si no fuese porque Freud decía que no existen, al menos los de este tipo, así que lo consideraré un “acto fallido”. Lo cierto es que casi se ha abierto solo, si bien ayudado por mi inexperiencia y mi curiosidad por ver como se hacían este tipo de bitácoras virtuales: era demasiado tentador ver esa pestaña en la esquina superior derecha que decía “CREAR UN BLOG” y no pude resistirme a entrar, pero me imaginaba que llegado el momento, después del diseño, te preguntaría algo así como “¿Quiere abrirlo ahora?”, e incluso insistiría “Cuando pulse SÍ abrirá irremediablemente un blog. ¿De verdad desea continuar?”. Por eso me sorprendí cuando apareció en la pantalla del ordenador y no servía de nada dar un paso atrás, pulsar ctrl z ni ninguna otra artimaña: había creado un blog. Después descubrí que se podía borrar (como veis mis conocimientos del tema rozan la excelencia), pero me pregunté, parafraseando el tentador anuncio nocturno de un conocido elongador genital, “¿y por qué no?”.
Así que aquí estamos: ahora no solo tengo un folio en blanco sino también una pantalla en blanco (aunque parezca que el fondo es negro en realidad es un blanco muy oscuro). Al menos espero que se empujen mutuamente a llenarse de palabras.

Cuentan que contaban que, en los orígenes, los dioses encargaron a un tal Prometeo y a su hermano la distribución de virtudes y facultades entre todos los seres de la creación. Ocurrió que cuando acabaron la repartición se dieron cuenta de que no quedaba nada para el ser humano, pequeño, desnudo y débil frente a la naturaleza; y fue entonces cuando Prometeo, jugándose los higadillos, se decidió a robarle el fuego a los propios dioses y, escondido en una planta, se lo entregó al hombre.
Quizás por eso quiero escribir, porque quiero descubrir el fuego que nos hace diferentes; que nos hace, que me hace humano. Porque a mi pesar, descreído, escéptico y pesimista, probablemente todavía busco razones para la esperanza entre mis semejantes, la belleza de la creación que ilumina las miradas de la gente; esas llamas que encendieron otros y que tantas veces han acompañado a este espíritu oscuro llevándome en su día por selvas y planetas desconocidos, por campos luminosos o por callejones tenebrosos. Por fantasías que eran para mí más veraces que la realidad, desde aquellas meriendas con pasteles de jengibre que devoraban “Los cinco” (y eso que entonces ni siquiera sabía lo que era el jengibre) hasta los monstruos de Lovecraft que muchas veces me acompañaron sentados al pie de mi cama, mientras los recreaba a escondidas leyéndolos con una linterna bajo las sábanas. La magia entre las hojas de un libro.
Y el desafío por descifrar si también puedo ser mago; si seré capaz de abrir una ventana desde dentro y dejar salir por ella lo que pudiera haber en mi interior, si hay algo en mi interior; si podré cazar historias y compartirlas para aferrarme a lo que soy siendo otros, echar un ancla en la tormenta de los tiempos difíciles para no desaparecer devorado por la rutina voraz y el griterío de la multitud.
Ya sé que la luz y el calor de esa hoguera no nos pueden salvar a todos; que no redime a la humanidad de sus odios e injusticias, y que incluso muchos han sido devorados por sus insaciables llamas creadoras. Pero necesito creer que al menos es un punto de apoyo para el futuro, y más ahora que seguramente se aproximan tiempos de oscuridad, si no para incendiar el mundo al menos para sentarse alrededor y protegerse del frío que nos rodea.
Hay muchas cosas buenas de este año de escritura que se termina, pero la mejor de todas es haber descubierto el fuego de los dioses en vuestros escritos y en vuestras miradas. No dejéis que se apague y, sobre todo, gracias por la esperanza.

El intruso

Lunes
Lo primero que me hizo sospechar fueron los yogures. Vivo solo y mi consumo de yogures de soja en la cena es estricto: uno al día de lunes a sábado, es decir un paquete de seis a la semana durante los últimos cinco años de mi vida de soltero empedernido. Hace dos semanas el sábado no me quedaba ninguno; la pasada ni siquiera llegaron al viernes. No puede ser un despiste: mi vida es tan metódica como puede permitirse un ser humano. Nadie tiene llaves de mi casa, no traigo chicas –prefiero pagar un motel, no soporto dormir con nadie– y la limpieza semanal la vigilo personalmente. Pero alguien se está comiendo mis yogures, y lo que es peor alguien ha empezado a usar mi baño. Esta mañana, al levantarme, flotaba en el ambiente la humedad de una ducha reciente mezclada con la esencia a madera de mi colonia. La nuca se me ha erizado, pero he sacado el hierro 7 y he recorrido la casa gritando en busca del intruso. He abierto armarios y arcones, revuelto debajo de camas y mesas, revisado ventanas y la puerta blindada, pero no había nadie. Natalie, mi secretaria, me ha mirado de manera extraña cuando he llegado al despacho del banco, casi una hora tarde, después de mis expediciones infructuosas, pero no se ha atrevido a decirme nada. Más le vale.

Miércoles
Sé que sigue aquí. A pesar de las dos horas de squash y del posterior masaje, a pesar del Valium y de dos Maltas, no he pegado ojo, pendiente de cada sonido, de cada crujido de la tarima de teca, mirando cada minuto el resplandor que entraba en la habitación a través del cristal de la puerta. Era mejor eso que las pesadillas de los breves momentos de sueño: un hombre sin rostro se ahorcaba una y otra vez con mi corbata favorita pero era yo el que terminaba ahogándose.
Hoy he estado a punto de sorprenderle. Al entrar en la cocina olía a pan y la tostadora aún estaba caliente. Me pareció que el aire todavía se movía con una presencia reciente. Definitivamente tengo que cazarle o acabará con mis nervios.

Viernes
No he ido al banco. Creo que no he ido. No puedo dormir ¿He dormido? Está anocheciendo y no me quedan yogures. Natalie ha llamado para decirme que esta tarde me he dejado la Blackberry en el despacho, seguro que la muy zorra está compinchada con este cabrón ¡Pero a mí no me pilla! Mi carcajada le ha sorprendido un poco, lo he notado, pero no me ha contestado cuando le he gritado lo que podía hacer con ella.

Domingo
Cada vez está más cerca, lo sé. Ana “La Rubia” me ha dejado un mensaje en el contestador –ya no cojo el teléfono – para decirme lo bien que se lo pasó anoche ¡conmigo! que llevo tres días sin salir, sin dormir, sin comer. No recuerdo los amaneceres ni los atardeceres, mi vida se esfuma como mi barba: no me afeito y sin embargo no tengo ni un atisbo de pelo en la cara. Seguro que me está envenenando.

Hoy
es plateada preciosa pequeña estaba al lado de la Blackberry en la mesilla cuanto lleva allí me encanta cogerla y apuntar ya no tiene salvación se cuando llegará cuando llegaré le espero enfrente de la puerta ¿oigo como sube el ascensor y mete las llaves en la cerradura? y apunto a la cabeza está fría no voy a fallar

El Blefarófago

Del Blefarófago tenemos conocimiento por el diario del reverendo y naturalista Horace P. Lawrence que impartió su labor pastoral a principios del siglo XIX, entre las tribus del Pacífico sur. Dice en una de sus páginas:

«Los indígenas parecen adorar a un ser al que llaman Akh-tar (el que todo lo ve) o Al-Akh-tar (el que te hace ver). Se alza sobre dos largas patas de casuario que le permiten alcanzar grandes velocidades, incluso en las zonas de selva más espesa. Su tronco escamoso se asemeja al de un varano, así como sus manos, cortas y de garras afiladas, y su cabeza alargada de reptil con un solo ojo enorme encima de las fauces. Dicen que su aliento es hediondo hasta la intoxicación y que con su larga lengua puede rodear incluso el cuerpo del hombre más fuerte. Su cola ancha y musculosa acaba en un aguijón cuyo veneno inmoviliza a sus víctimas, dejándolas paralizadas pero conscientes, situación que aprovecha para devorar sus párpados y observar durante horas la mirada desorbitada de su presa. Los pocos que sobreviven al ataque del Blefarófago se sumen en una fiebre alucinógena. Incapaces de cerrar los ojos, hablan de la mirada del monstruo, de la sabiduría que les ha transmitido, hasta que sus ojos se secan y su delirio acaba en una muerte que gritan desear para poder unirse al espíritu de Al-Akh-tar»
El culto a esta criatura se extendió por varios archipiélagos durante milenios, como han demostrado los hallazgos de piezas de cerámica y algunos petroglifos, como aquel junto al que se encontraron el diario y otras pertenencias de H. P. Lawrence, con el símbolo del ojo sangrante.

El reflejo y la sombra

La Guardiana del lago tocó suavemente su reflejo con la punta de los dedos y las ondas distorsionaron su imagen y la de los árboles que la rodeaban sobre la laguna. Juntos parecieron bailar brevemente sobre las nubes reverberantes y sus ramas intentaron acariciar su melena color fuego sobre la superficie acristalada.

Comenzó su rutina por última vez: recogió el agua con su pequeño cántaro y fue acercándose a cada uno de los árboles que se erguían alrededor del estanque. Tocó la corteza rugosa de los robles centenarios, de gruesos castaños con bocas tristes, de hayas aferradas a la tierra como una mano desesperada. A todos les llamó por su nombre verdadero, susurrado en el idioma secreto que desaparecería con ella, mientras humedecía con calma la base de cada uno, mojando despacio las zonas donde los gigantes se escondían bajo el manto de musgo.
Como cada tarde, la dama se giró hacia el oriente oteando el árido horizonte ondulado y su túnica blanca levantó una brisa fresca que los árboles agradecieron con un murmullo de hojas, un callado crepitar de tiempos pasados. En la lejanía, en el único camino polvoriento que atravesaba el páramo, la Guardiana distinguió la figura que esperaba: el anciano se apresuraba apoyándose en su báculo, arrastrando su sombra que se alargaba por el atardecer como si se resistiera a seguirle, pegándose a la tierra seca. Más allá, al otro lado de las colinas, la oscuridad que empezaba a extenderse se rompía con explosiones de fuego, humaredas azuladas y una nube de polvo que crecía en pos del viajero.
La dama de blanco salió a recibirle hasta el límite del verdor e inclinó la cabeza levemente cuando llegó a su altura.

– Te esperaba. Eres el último – le dijo.
– Me persiguen. Nuestro tiempo se ha acabado. Es el tiempo del hombre.

La Guardiana extendió el brazo en una invitación al peregrino polvoriento señalándole un pequeño claro entre los árboles, el hueco hacia el que se encaminó el anciano. Ella se acercó hasta la laguna y muy despacio se introdujo en ella. No vio como el último mago hundía su cayado en la tierra blanda, ni como su sombra crecía cada vez más frondosa, plena de ramas añejas y hojas recientes, ocultándose del estallido de los gritos, del retumbar de los cascos de los caballos y del roce de las armaduras que irrumpían en la paz de aquel refugio, justo después de que ella se fundiera con su reflejo limpio y transparente y de que este, con un gesto rápido, se hundiera en las profundidades del agua cada vez más oscura.

Dylan

Arganda del Rey, Madrid (España). 6 de julio de 2008. 21.00. Detrás del gigantesco escenario el sol del ocaso incendia el páramo que es el sureste madrileño. Delante, una multitud y yo esperamos entre el ventarrón arenoso y caliente a golpe de cerveza, mirando las pantallas donde se proyectan anuncios y consejos que recuerdan un poco a 1.984 o a Un mundo feliz.
De repente las pantallas se apagan y se enciende el escenario. Señoras, señores, abran paso a la Historia, que se presenta, como toda su banda, de negro riguroso sólo aliviado por un gran sombrero gris. La Historia tiene el rostro apergaminado y no saluda; directamente se arranca con el primer corte del primer disco que me compre en mi vida, Rainy day women (“¡todo el mundo debería estar colocado!”). Sigue cantando sin mirar al público, con su grupo eléctrico y poderoso y su voz rota y nasal ¿canta bien?, ¿canta?, pero eso ¿le importa a alguien? El concierto continúa a golpe de blues, algún toque de jazz y un poquito de rock´n´roll. En las pantallas gigantes aparece algún primer plano y parece que…¿sonríe?. ¡SONRÍE! Contra todo pronóstico la Leyenda de negro se lo está pasando bien, aunque sólo se dirija a nosotros para presentar a los integrantes de la banda (“¡Joder, Dylan habla! ¡Pero si sabe hablar!” grita un tipo a mi lado con las manos en la cabeza). Regresa a la carretera 61, pasa por la granja de Maggie y se acuerda de aquella chica que hacía el amor como una mujer pero se rompía como una niña pequeña.
No sé que ví en su día, que oí de este judío- católico, altivo y cascarrabias, en este poeta que le robó el nombre a otro poeta y lo hizo más grande, que me atrapó para siempre; que me hizo aprender inglés para entender sus canciones reivindicativas (¡paz y amor, hermanos!) y sus letras surrealistas. Que me llevó por atalayas buscando respuestas en un viento que después pasó a ser idiota; yo también busqué quién me diera refugio para la tormenta, y esperé un aguacero que nunca cayó en unos tiempos que, al final, no cambiaron.
La Leyenda se retira sin despedirse, sin hablar, sin mirar. Pero vuelve. Suena el órgano: la mejor canción de la historia empieza como un cuento “Once upon a time you dressed so fine…”. Ésta nos la sabemos. Nos la sabemos entera. Nos la sabemos todos y todos la cantamos; la aullamos a la Luna que ya está arriba, mientras que con las manos alzadas casi podemos tocar los aviones que llegan de todas partes camino del aeropuerto cercano. Gritamos a la noche la historia de la chica rica y arrogante que después, pobre y engañada, descubrirá la sinceridad en los ojos de un vagabundo.
El concierto termina y la Historia se va. Probablemente no nos volvamos a encontrar pero ya lo puedo decir: señores, señoras, he visto, he escuchado, he disfrutado a Bob Dylan en directo.

Merlín 2008

Diluvia. El aguacero ha espantado a la gente y barrido al sol de mayo y en la calle desierta, acorralado por el estruendo de la lluvia, sólo yo puedo ver como la magia también se refleja en el asfalto empapado.